dimarts, 12 de febrer de 2013

Una interessant anàlisi de la reforma educativa

Font de l'article: El País

Una reforma de cartón piedra


Por: | 12 de febrero de 2013


Cualquier reforma educativa es el reconocimiento implícito de un fracaso o, mirado con buenos ojos, una reacción terapéutica ante desajustes importantes o generalizados. Pero también es una gran oportunidad, con toda la dosis de incertidumbre que tienen las oportunidades.
En cualquier sitio, menos en España. Aquí nos permitimos el lujo de afrontar ciertas oportunidades dejando su margen de incertidumbre reducido a nada. Es lo que sucede con la reforma educativa (Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa, LOMCE) con la que el Gobierno está sacudiendo el ecosistema educativo y social.
La moneda del éxito o el fracaso de la llamada reforma Wert no está en el aire. Ha caído y deja ver la cruz del fracaso.
Y Wert lo sabe. O debería saberlo, porque de él se pueden decir muchas cosas, pero no es inteligente dudar de su inteligencia. Quizá sí del estado transitorio de su inteligencia, pero no de ella en sí misma. Qué le vamos a hacer… uno de los efectos secundarios de la política partidista es una severa intoxicación de la mente de cualquiera que pase un cuarto de hora expuesto a sus radiaciones. Le pasaba de vez en cuando al mejor político del mundo, que fue Leo McGarry, inolvidable jefe de Gabinete del presidente Jed Barlett, en El Ala Oeste de la Casa Blanca. Cómo no habría de pasar en el entorno, bastante más rústico, que disfrutamos aquí.
Leo McGarry, jefe de Gabinete del presidente Barlett, en El Ala Oeste de la Casa Blanca
Decía el premio Nobel de Física Richard Feynman que “lo que no está rodeado de incertidumbre no puede ser verdad”. La reforma Wert está rodeada de cualquier cosa menos incertidumbre, en cuanto a sus posibilidades de éxito, así que deberíamos seguir a Feynman (algo sumamente recomendable en general) y reconocer que esa reforma no puede ser verdad o, por decirlo menos metafóricamente, está condenada al fracaso. De hecho, ya es una reforma de cartón piedra que debemos dar por fracasada un año antes de entrar en vigor.




El premio Nobel de Física Richard Feynman
Para llegar a esa conclusión no es necesario leer sus 68 páginas, en las que inevitablemente hay puntos con los que estar de acuerdo no requiere descomunales esfuerzos. Pero este comentario de hoy no se adentrará en su contenido, analizado profusamente en los medios. La única excepción es la del párrafo inaugural de la exposición de motivos, que de septiembre a diciembre se metamorfoseó de modo desconcertante:
En septiembre: “La educación es el motor que promueve la competitividad de la economía y las cotas de prosperidad de un país; su nivel educativo determina su capacidad de competir con éxito en la arena internacional y afrontar los desafíos que se planteen en el futuro. Mejorar el nivel de los ciudadanos en el ámbito educativo supone abrirles las puertas a puestos de trabajo de alta cualificación, lo que representa una apuesta por el crecimiento económico y por conseguir ventajas en el mercado global”.
En diciembre: “Los alumnos son el centro y la razón de ser de la educación. El aprendizaje en la escuela debe ir dirigido a formar personas autónomas, criticas, con pensamiento propio. Todos los alumnos tienen un sueño, todas las personas jóvenes tienen talento. Nuestras personas y sus talentos son lo más valioso que tenemos como país”.
De la comparación de ambos párrafos nace la pregunta ella solita. Si en tres meses hay un cambio de arranque tan brutal ¿en qué estarán pensando los promotores de la ley, de verdad de la buena? ¿En lo de comienzo de curso: economía, globalización, competitividad, vida laboral? ¿En lo de Navidad: persona, talento, autonomía, creatividad?
Parecen dos leyes distintas. Dos leyes de distinto partido. No hay que ir muy allá para maliciarse que no es más que un maquillaje de corrección política para reducir el flanco de exposición a la indignación y a las numerosas críticas generadas en la comunidad educativa, ya suficientemente castigada por la tijera gubernamental.
Pero volvamos al enfoque inicial. ¿Qué tiene esta reforma que la convierta en un fracaso antes de estrenarse? Cinco majestuosas equivocaciones de manual y a las que ya somos aficionados en España: objetivo desenfocado, rechazo docente, pésima explicación social, desconsideración territorial y falta de consenso político. Solo con estos cinco lastres, daría igual que su contenido fuera plausible, nefasto o mediopensionista. Ya es un fracaso.
El ministro de Educación, Juan Ignacio Wert
Esos errores se deben al incumplimiento de los cinco principios que ningún político debería perder de vista antes de embarcarse en la extraordinaria tarea de llevar adelante una reforma educativa. Wert ha sido ingenuo o arrogante, o una refinada combinación de ambas cosas, al desatender estos prerrequisitos para el éxito de las reformas educativas:
  1. Que tengan como objetivo esencial, real y creíble, la mejor educación de los estudiantes. Lo cual requiere un diagnóstico y unas propuestas en las que algo podrían decir los expertos y, entre ellos, los docentes que trabajan a diario con los estudiantes, pero no parece que este haya sido el caso. Dicho sea con el respeto político que a cada uno le merezca, el propósito de “españolizar a los alumnos catalanes” (minuto 2.43 de este vídeo) no es ninguna contribución a la mejora de la educación. Es una sobresaliente declaración política de intenciones, que no es lo mismo.
  2. Que cuenten con un buen nivel de apoyo de los profesores. Para lo cual las propuestas tienen que ser debatidas en su ámbito. Si quienes tienen que implementarlas no participan en su articulación, su aplicación será desganada y de cualquier manera, aunque fuera la mejor reforma del mundo.
  3. Que sean bien explicadas a las familias y a la sociedad en su conjunto. Su complicidad es necesaria para que las reformas se consideren un bien necesario, por el que merece la pena esforzarse en cambiar. Si las familias no entienden o no comparten el sentido de la reforma, también se sentirán excluidas y esta nacerá desprestigiada, sin el arraigo social que necesita cualquier proceso de cambio colectivo.
  4. Que sean corresponsabilidad de todos los Gobiernos. Gestionar la relación del Gobierno central con las Administraciones autonómicas al viejo estilo de “yo invito y tú pagas” es una técnica que no funciona. Por muy crítico que uno sea con las duplicidades administrativas, cualquier político despierto debería tener muy en cuenta la geografía del poder antes de lanzarse al ruedo creyéndose ungido de la razón de Estado. No es lo mismo ser valiente que temerario: Esperanza Aguirre lo vivió en sus propias lágrimas, en diciembre de 1997, con el rechazo del Parlamento a su Plan de Humanidades.
  5. Que sean estables en el tiempo. Los movimientos educativos son lentos, graduales y casi subterráneos. Siembra un ministro (o un partido) y recoge otro. Para lo bueno y para lo malo, la educación se toma su tiempo. Traducido en términos políticos, esto quiere decir que cualquier reforma no consensuada entre los partidos mayoritarios nace con fecha de caducidad (por efecto de lo que podríamos llamar la venganza alternativa).
Por todo lo anterior, que imagino que Wert conoce a la perfección, está cantado que la salida del Gobierno supondrá sin duda el fin de la LOMCE. Y después vendrá la octava reforma de la democracia. A este paso superaremos en reformas educativas al Real Madrid en Copas de Europa. Lo único que queda por concretar es cuándo. Mientras, estudiantes, profesores y padres siguen esperando una reforma de consenso, bien trabajada previamente y enfocada a la educación.
Sentados, eso sí.

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