divendres, 17 de febrer de 2012

Un nuevo camino en la enseñanza instrumental

Por Marisa Pérez    
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La costumbre y el hábito, las ideas predominantes que surgen en un momento determinado en una sociedad y que responden a sus ideales, valores y expectativas comunes, crean formas de actuación que propenden a estancarse con la fuerza enorme de la inercia. Pero hay otra energía superior a ésta, siempre presente y activa, que es la energía de la creatividad, que pone en marcha procesos siempre nuevos y mutables, capaces de crear y responder a situaciones siempre diversas. De forma que así como el ser humano ha tendido a lo largo de su historia a estancarse en dogmas y doctrinas, también siempre le ha acompañado su imparable afán de búsqueda y reforma. No tanto para encontrar sistemas mejores, que finalmente estarían llamados a convertirse en otros dogmas y doctrinas, sino para actualizar su más valiosa capacidad, que es la de permanecer despierto, abierto a lo nuevo, a lo apropiado e irrepetible de cada momento, en constante evolución, permitiendo la continua transformación de su mirada, su modo de ver, de entender y de hacer el mundo.

La música es una insustituible reserva de este potencial humano, de crear y de inventar, de renovar y renovarse. Nuestra tarea fundamental debería ser protegerla constantemente de la acumulación paralizante del comportamiento repetitivo y despejar el camino para llegar directamente a su esencia, donde indudablemente siempre hallaremos tesoros para el hombre y para la vida.

Hacernos conscientes de los principios a los que seguimos cuando abordamos la importante tarea de enseñar a otro a tocar un instrumento, conocer sus limitaciones y replantearnos nuestros comportamientos, nos sitúa al borde de un camino nuevo que cada uno ha de descubrir.

Origen del modelo de enseñanza instrumental dominante

Cada época de la humanidad ha estado caracterizada por un determinado estilo de vida, una ideología, unos valores, una interpretación del universo que habitamos, de lo que el hombre debe realizar, buscar, como debe comportarse y en que ha de convertirse. Estos valores han marcado principios educativos y han creado pautas de comportamiento, que reflejan con fidelidad la visión predominante, la mayoría de las personas siguen estas pautas de comportamiento no por haber sido reconocidas y elegidas como las más adecuadas, sino simplemente por haber sido heredadas en forma de una estructura cerrada de ideas preconcebidas, manifestadas en un sinfin de comportamientos mecánicos, casi siempre ignorantes de sus orígenes, con insuficiente empuje ni siquiera para cuestionárselas.

Nuestra forma de pensamiento dominante, y en la que se basan todos nuestros principios educativos y pedagógicos y por tanto también los de educación musical instrumental, tiene ya tres siglos de antigüedad y surge con la ruptura con el pensamiento dogmático de la Edad Media y la llegada de la visión mecanicista del universo en el siglo XVIII. La Edad Media y aproximadamente hasta el siglo XVII fue una época en que las explicaciones sobre la vida se basaron en el dogma, la tradición, la autoridad y la fe. A lo largo del siglo XVIII los supuestos de la iglesia fueron sustituidos por los de la ciencia. Fue una época de fricción, lucha, descalificaciones y críticas entre las dos visiones hasta que poco a poco las ideas científicas se fueron imponiendo. La iglesia se quedó con el manejo de las creencias religiosas y la ciencia acaparó el vasto campo de la naturaleza, la sociedad y las descripciones de la realidad. La metáfora guía fue la máquina. Fue una época en la que las explicaciones sobre la vida se basaron en procesos mecánicos de causa-efecto lineales, en información empírica obtenida por los sentidos. Fue una actividad guiada por los principios filosóficos del positivismo, del reduccionismo, el materialismo, el dualismo, etc.

En el siglo XVIII el modelo de educación musical se basaba principalmente en la transmisión de un oficio artesanal o maestría profesional. Lo mismo aprendía un herrero, un carpintero o un músico. El aprendiz se situaba junto a un maestro que le transmitía los secretos de la profesión. Los distintos campos del saber musical no estaban separados, se aunaba la composición y la interpretación, el conocimiento teórico y la práctica pedagógica. La obra musical surgía con una finalidad concreta, para el culto religioso o para actos de la alta sociedad, o también en algunos casos como fruto de una especulación musical.
En cambio, en el siglo XIX, la obra musical adquiere otro significado más egocéntrico, al convertirse en el resultado del potencial creativo del genio. Surge así el concepto de obra maestra. La interpretación correcta de estas obras sagradas queda reservada al propio compositor o a los intérpretes o virtuosos también geniales. El arte aparece así como un logro extraordinario para unos pocos.

En este siglo y como fruto de la visión mecanicista y materialista que había ido acaparando todos los campos del saber y la mentalidad del hombre medio, se producen decisivas fragmentaciones, de importantes consecuencias aún en nuestros días:

Como fruto de la revolución industrial se fue poniendo énfasis en la especialización y el logro individuales.
En el terreno de la educación musical se desgaja la creación de la interpretación y se crea la figura del genio tanto en un campo como en otro, con una exaltación creciente de la individualidad del creador y de la originalidad.
Como consecuencia se sacraliza la obra de arte y se deja al intérprete medio privado del contacto con el “don” mágico de los dioses, reservado para unos pocos elegidos, privado incluso de la función artesanal de la música que había prevalecido hasta entonces, condenado a adquirir habilidades a costa de sí mismo, en lucha con su propio cuerpo, ejercitando mecánicamente movimientos estandarizados, desmembrados en pequeñas unidades, desprovistas de sentido estético y expresivo.

La música había dejado de ser, casi dramáticamente, algo intrínsecamente humano, para convertirse en algo inhumano, en el sentido de inalcanzable, rebuscado, forzado, idealizado. Es un valor superior al que hay que rendir una especie de sometimiento mediante el esfuerzo, el sacrificio, el autocontrol. No importan los daños infringidos sobre la persona si es en pos de la grandeza del arte musical.

La práctica instrumental de la segunda mitad del siglo XIX se puede muy bien comparar con los métodos educativos del sistema militar prusiano. En aquel momento los valores sociales en alza: disciplina, resistencia y autocontrol encajaban perfectamente con este modelo didáctico. Podemos también observar la importantísima influencia de la mentalidad surgida con la revolución industrial que inaugura, el aún muy conocido por nosotros, valor de la productividad y la eficacia.

El hombre a lo largo del siglo XIX sufre un proceso constante de disgregación y de reducción. Por un lado, de disgregación porque queda reducido a un montón de piezas carentes de sentido ni valor intrínseco, como si él mismo de una máquina se tratase. La educación consiste fundamentalmente en engranar estas piezas según modelos estandarizados, en programar a las personas con datos, con habilidades siempre al servicio de la productividad, del resultado medible, cuantificable. Por otro lado, reduccionista porque se da una preponderancia, casi absoluta a los aspectos cognitivos, intelectuales y racionales, a los procesos analíticos y lógicos, negando así las necesidades y anhelos más profundos de su alma.

Se crea un modelo de enseñanza musical extremadamente deformado en el que la guía fundamental es la vista y el motor es la mente decodificadora del detalle carente de contexto. Quedan en la sombra los aspectos esenciales para hacer música: la esfera auditiva, la imaginación y comprensión musical, el desarrollo de un pensamiento realmente musical, es decir, auditivo. La memoria se resquebraja en lugares desmembrados, la técnica se impone a un cuerpo forzado hacia modelos estandarizados, tensado por emociones negativas, cerrado a su sentir interno y la expresión musical no supera la, muchas veces, infranqueable barrera de datos que carecen de esencia sonora. En el proceso de deformación constante, se ha llegado a creer que la música se aprende mirando, leyendo, que la música está en la notación escrita y que la técnica es la llave del paraíso instrumental.

El hombre disgregado ve el mundo parcelado en una serie de objetos ajenos a él en los que deposita un valor y cuya adquisición le produce un beneficio futuro. Así, la música, como expresión artística, es comprendida como un bien definido, cerrado, ajeno. El hombre reducido queda perdido en un entramado educativo ajeno a sí mismo, convertido en un mero concepto o secuencia lógica, en un simple cerebro vacío para programar, dejando inexplorados sus potenciales creativos más genuinos, sus fuentes de expresión artística, escondidas en su cuerpo y en lugares olvidados de su mente.

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